Es un accionar tan puro que es en el espacio, y no en el tiempo, donde el puto puede conjurar. El puto es un rótulo ordinario en la boca de otros, por eso aquí hasta hay algo de ternura en el movimiento, en esa ingenuidad violenta, en ese yirar, en ese andar por ahí, en ese merodear y merodearse con la extrema urbanidad de cómplices casi involuntarios e inquietos de una rutina que conocen y desean, pero que también temen, algunos, ante el irremediable hallazgo del goce (o de la muerte). La negación es una falsa razón y el hombre ya aprendió a matar desde hace rato (sobre todo putos). Por tales cuestiones, perecederas ahí, en ese momento, entre las calles San Luis y Sarmiento, el puto le concede un conjuro al espacio y, voluntario, accede en forma oral al pedido visual de uno. Después se va.

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