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Puede ser que la quietud, aunque aparente, sea el lienzo donde la verdad se revela de otra forma. Tal vez, en ese estado de confín, real o imaginario, donde el futuro se disuelve en un abanico de posibilidades, encontramos una serenidad particular. Es un derrumbamiento suave de las expectativas, una aceptación variopinta de los instantes. En esa amalgama de sentimientos y percepciones, uno se da cuenta de que, simplemente, no pueden robarte la esencia de tu espacio íntimo, ese rincón donde las certezas ajenas pierden su fuerza. Es en la calma donde el alma se posa, libre y serena. El aire viciado de la habitación se pegaba a mis pulmones como trapos sucios. Otra jornada completa descompuesta, reducida a polvo de tiempo inútil. Las cuatro paredes, grises y manchadas, se habían convertido en mi universo palpable, un recordatorio perpetuo de mi inmovilidad. Atorado. Esa es la palabra que resonaba en el eco sordo de mi cráneo. Atorado en el fango de la rutina, en la telaraña pe...

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